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FICCIÓN ~ El café de los fumadores, por Serried Keorks

Por Serried Keorks

Pasó días, meses y años recluido en su departamento de la calle Arévalo Segundo. Su nombre: Teodoro Murillo. El motivo de su auto-reclusión fue un intento de robo con violencia al pie de su edificio. De vez en cuando, aún recordaba con horror aquel día. No le llegaron a robar nada material sino sólo su tranquilidad y la sonrisa: de un manoplazo le volaron un par de dientes del maxilar superior. Después del golpe quedó tirado sobre la acera, inconsciente, sus anteojos partidos y sangrando por la boca y la nariz. Cuando volvió en si se vio rodeado de gente. Unos cuantos intentaban reanimarlo. Lo ayudaron a ponerse de pie. Algunos buenos samaritanos sugirieron llamar a la policía. Él sólo quería irse a su departamento en el primer piso. Forcejeó un poco con todos, aún bajo el shock de la situación. <<¡Tranquilo, hombre! Estás malherido. Tienes que recibir atención médica.>> le dijo un “muy preocupado” vecino de barrio: Apolonio Ríos, alias (auto-concebido) Margarito Laguna. Para cuando llegó una patrulla, él ya casi se había repuesto. Se le acercó un policía y le hizo un par de preguntas.

– ¿Puede describir a quien lo atacó? ¿O eran varios? ¿Le sustrajeron algo de valor? Esa última pregunta le hizo finalmente entrar en razón. Se revisó, aún un poco mareado, y respondió con un sacudir de cabeza.

– ¿No le falta nada entonces? preguntó el policía, tratando de acelerar el proceso ya que se acercaba la hora del almuerzo. Alguien entre los curiosos vociferó burlón a lo lejos

– ¡Aquí están los dientes! y echó una risotada que contagió a otro par de presentes.

– ¡Bruto insensible!>> ladró Margarito, aferrándose a la flaca anatomía de Teodoro. Finalmente el oficial le dijo

– Si quiere hacer una denuncia basta con que se acerque a la comisaría de turno.  Entonces le deseó un buen día y se fue fumándose un cigarrillo. Teodoro agradeció a quienes lo asistieron, se logró desprender del agarre del vecino, y se dirigió al portón de su edificio. Mientras buscaba las llaves en su bolsillo, se le acercó un niño y le preguntó <<Señor, ¿no va a querer los dientes? ¿Me los puedo quedar?>> El mocoso impertinente logró esquivar con astucia el patadón que instintivamente le trató de propinar Teodoro y salió corriendo del lugar.

Ya en su departamento, se dirigió directamente al baño y se miró al espejo y se dio cuenta del daño físico causado por semejante animal… o animales. Jamás logró recordar. Nunca le preocupó su apariencia física pero esa vez fue distinto. <<¡Mierda! De veinte y pico de dientes me tienen que bajar ¡dos frontales!>> Pasaron los días. Intentaba olvidar el mal rato pero cada vez que pasaba la lengua por los espacios vacíos dentro de su cavidad bucal lo consumía la rabia y la impotencia. Se ausentó del trabajo por un par de semanas – cosa que le sentó bien ya que no soportaba el ambiente de falsa felicidad que ahí intentaban forzar en cada empleado. Acudió al alcohol para conllevar la mala experiencia y convalescencia.

Las semanas de ausencia en el trabajo se extendieron a meses debido al trauma ocasionado por el infortunio. En el trabajo le dijeron “Tómate todo el tiempo que necesites. Estamos aquí si nos necesitas.” En realidad quisieron decir “Estamos buscando ya un remplazo. No te soportamos.” Él lo sabía. Su pecado fue siempre decir lo que pensaba. Al cabo de tres meses, no precisamente contra pronóstico, lo echaron del trabajo. Teodoro sintió alivio más que cualquier otra cosa. Al menos así, si lo despedían, podría recibir dinero del paro. Si hubiese renunciado no hubiera tenido derecho a la asistencia social durante tres meses, algo que en su modesta situación económica no se hubiera podido permitir. Así pasaron meses hasta que se convirtieron en años. El dinero del paro se volvió asistencia social del estado. Durante esos años, de un día a otro, retomó la escritura, una antigua pasión que con los años mantuvo escondida con recelo, algo entre amor platónico y curiosidad de desvirgue intelectual, no obstante la insistencia de su madre quien siempre se lo inculcó con inolvidables frases como “Hijo querido, las leyes cósmicas no te favorecieron físicamente pero tienes un talento innato: sabes contar historias. Aprovéchalo, ¡pendejo!”

El dinero del paro era solo un 68% de su anterior sueldo y, tomando en cuenta el par de deudas que tenía, eso lo apretaba en todo sentido para el diario vivir. Algunos días se pasaba solo a punta de frutas, café y cigarrillos. Ya de por sí era un tipo de contextura delgada por lo que no se apreciaba a primera vista si ganaba o perdía peso. Con el transcurrir del tiempo, la escasa alimentación y el estilo de vida le pasaron factura. Se le chupó la cara. Su cabeza tenía la apariencia de una pepa de mango. Las ojeras le dieron un toque “cadavérico”, pero no de enfermo terminal sino mas bien de bohemio. Dejó crecer su cabello y barba pero no llegó a descuidar de sus uñas, que junto con las manos, son el espejo de la higiene personal.

Entonces empezaron a llegar facturas impagas, lo cual trascendió en cambiar aún más sus hábitos y dieta. Luego de algunos días de intensa reflexión se dijo: ¡Al carajo las frutas! En cuestión de semanas se vio obligado a rescindir incluso del café. Se alimentaba con lo que sus vecinos, al tanto de su precaria situación, modestamente podían proporcionarle. Uno de los más atentos era Margarito, quien incluso le escribía notas de ánimo. Eso no le causaba gracia, de hecho, le hería el orgullo sobremanera pero a veces el hambre nos induce cruelmente a uno que otro tipo de prostitución. Así lo veía Teodoro. Él correspondía limpiando las escaleras del edificio, no obstante alguien, pagado por la administración, lo hacía ya dos veces por semana.

Un día, mientras esperaba hambriento e impaciente a que uno de sus vecinos se acuerde de él, el mismo orgullo se materializó y lo abofeteó con fuerza descomunal. Aún con la mejilla hirviendo se sintió avergonzado. Pensó que si ese orgullo hubiese podido hablarle le hubiera dicho algo así: “Acabo de hablar con tu paranoia y me dijo que ¡eres un maricón! ¡Desahuévate, gil!”. Teodoro se levantó de golpe y con espontánea decisión se dirigió al baño. Frente al pequeño espejo circular, se miró, arregló un poco su cabello y se lavó los dientes. Luego se le ocurrió olerse los sobacos. Lo agrio de su humano aroma le arrugó el rostro. <<Si esto fuese penalizado me metían al menos tres años.>> se dijo a sí mismo.

De pie, frente a la puerta de su departamento, tuvo que inspirar y expirar varias veces, profundamente, antes de decidirse a salir. Esperó a no escuchar un solo sonido. Pasó algunos segundos con su oreja sobre la puerta, luego salió. Descendió las escaleras con extrema cautela. Una vez en la calle miró a ambos lados. El recuerdo de su última experiencia con el mundo exterior le estaba pasando factura una vez más. Vaciló con el pensamiento de volver a su lugar seguro. El imaginario calor aún presente en su mejilla le sugirió lo contrario. Su cerebro daba la orden de marcha pero sus piernas no respondían. Le temblaban. Trató de sobreponerse apretando sus puños, dándose un par de izquierdas en el rostro. Fue entonces cuando detrás suyo escuchó una voz irónica decir <<A usted no le gustan sus dientes, ¿no?>> Teodoro reconoció el tono de voz, se giró y vio al mismo niño (ya adolescente) al que años atrás trató de darle una coz por su impertinente comentario. Esta vez le atinó en plenos higos. El muchacho cayó de culo sobre un recuerdo ingrato de perro. El joven, retorciéndose de dolor, no supo si reaccionar primero ante el asco o ante la, para él, incomprensible violencia. Daba igual, ante todo se tomó de las nueces como si se le fuesen a caer – ese día se enteró de que un hombre valora sus testes, según la situación, incluso más que como si fueran una extensión de sus hemisferios cerebrales. Teodoro no esperó a nada, sobretodo cuando se dio cuenta de los brazos de troglodita que había desarrollado el perjudicado. Antes de que el pendejo pudiese reaccionar, las piernas lo llevaron casi por inercia al primer bar-café que encontró. Y ahí se refugió como exiliado político. El lugar se llamaba El Bar de los Fumadores.

Una vez dentro, Teodoro miró primero por una de las ventanas a ver si alguien se había percatado de su irracional acto. Se mantuvo un par de segundos mirando atento, entonces una muy nasal voz femenina a sus espaldas dijo <<Va a estar nublado todo el día, guapo.>> Él dio un salto al escuchar la poco habitual frecuencia sonora de las palabras. Casi por instinto preparó otra coz. Al tener de frente a la mujer, se le escapó un aterrorizado y seco ‘Ayyy’. Las manos se le recogieron de terror, como en garrotera del Chavo.

– ¿Y a ti qué te dio, hombre? Preguntó extrañada la mujer. Teodoro, con cara de haber visto al cuco, respondió en tajadas

– La… eee… Mi… aaa… Mientras a sus adentros pensaba ‘¡Qué hijueputa, qué fea!’. Su nombre era Otilia – como si la pobre no hubiese tenido suficiente castigo divino – con apariencia semejante a un híbrido entre una lechuza y un ornitorrinco. Fue entonces cuando ella lo miró y pensó ‘Si éste no tiene ni dientes, no tendrá ni para un café. <<Oye, chupacabras, aquí no regalamos nada, ¿eh?>> Teodoro tardó un par de segundos en entender el comentario. Su propia lengua se lo recordó. Soltó una gran carcajada nerviosa y disculpándose dijo <<Sí, sí. Tengo dinero.>> y metiendo la mano en uno de sus bolsillos rescató lo que pudo encontrar: un botón, un encendedor, un kleenex tieso y un par de monedas. Contó el dinero bajo la estricta mirada de Otilia. Cuando tuvo la certeza de poder pagarse un café la miró con absoluta humildad y extendiendo su mano dijo <<Tengo dinero.>> Ella lo miró escéptica y con mala gana le respondió <<Eso te alcanza para media taza de café.>> Teodoro sintió repentinamente la abrumadora realidad de volver a confrontar a la sociedad.

El lugar tenía cierto encanto y misterio. Era rústico y con madera antigua en cada ángulo. Le pareció curioso que viviendo tantos años en aquella zona de la ciudad, jamás haya notado el lugar. Echó una mirada exploradora al nuevo ambiente. Retratos de escritores, frases de famosos intelectuales escritas en las paredes, luces tenues. De alguna manera se sintió casi tan a gusto como en su departamento. Escogió una mesa en un rincón oscuro, al fondo del lugar, apartada de los ventanales de la entrada. A Otilia le costó encontrarlo ya que fue a buscarlo justo a donde lo vio por primera vez. <<Aquí tienes tu café.>>Teodoro se fijó que la taza estaba llena y no a la mitad. Miró a la mujer y esta le echó un guiño de ojo y una sonrisa. <<Muy amable.>> agradeció él. <<Te mentí. Es nuestra costumbre ofrecer la primera bebida a los clientes nuevos.>> <<Ah, ok. Gracias.>> respondió tímido Teodoro. Ella le volvió a sonreír, se giró y se fue a tomar los pedidos de un par de clientes que acababan de llegar. Él siguió los pasos de Otilia y no pudo evitar notar su gracia y calidez para con los recientes comensales, ambos caballeros en sus setenta.

– Mujer, ¡qué guapa estás hoy, más que ayer… aunque menos que mañana! dijo uno de los dos hombres con elegancia.

– Sí, ¡una ecuación matemática perfectamente desconocida y única! añadió el otro con encanto. Otilia sonrió como siempre, como si fuese la primera vez que ellos le dijeran cosas tan peculiares.

– Ay señores míos, el día que me dejen de decir cositas así se me va a arrugar la mitad del miocardio. Así que ni se les ocurra mandarse a cambiar. Ambos se miraron cómplices, con mirada seria pero con una sonrisa inminente en los labios. Y se preguntaron uno a otro

– Dr. ¿tiene Ud. planes con las características que indirectamente sugiere esta bella flor extraviada del jardín de Platón?

– Permítame revisar mi agenda, Ing. Veamos… no. Nada de eso. ¿Y Ud.?

– Ahora le digo, permítame. Hmmm… no, tampoco. Otilia los miraba encantada.

– Amores, ¿lo usual? les preguntó. Ambos asintieron sonrientes.

Teodoro contempló cada segundo de la escena de película que vio delante suyo. Instintivamente sacó un papel y lápiz de su bolsa y empezó a describir lo que había presenciado. Era como si fuese su rol en aquel lugar. Él tomaba nota de lo que en ese místico rincón sucedía.

Pasaron los días, meses, semanas y años. Teodoro se volvió un cliente habitual. Se mantenía apartado en la mesa que encontró la primera vez que pisó aquel lugar. Era su puesto. Con el tiempo, Otilia le tomó cariño pero no en la misma magnitud que para con el par de encantadores caballeros, quienes también frecuentaban el café a diario. Después de todo, Teodoro era más introvertido y ella respetaba eso. Hasta aquel día nunca habían conversado.

– Aquí tienes tu café. dijo ella sonriente y se giró.

– Muchas gracias, Otilia. Ella se giró nuevamente hacia él y respondió

– Vaya, así que sabes mi nombre. ¿Cuál es el tuyo?

– Teodoro, contestó él.

– Teodoro… hmmm, no sé por qué pensaba que tendrías un nombre completamente distinto. Pero ahora que lo pienso, te sienta bien. Él la vio alejarse hacia la barra. Se quedó pensativo. Se preguntaba si ese había sido un cumplido o todo lo contrario. Daba igual. No lo dijo con ninguna particular emoción. Luego de un par de horas de escribir sobre lo que había visto aquel día, se puso de pie y se despidió de la mujer. A punto de agarrar la manecilla de la puerta para disponerse a salir, ésta se abrió repentinamente y Teodoro se encontró de frente con una cara conocida. Era el muchacho al que años atrás había sentado de una patada. El joven le sonrió de primera impresión, luego le cambió la expresión a seriedad total al reconocer al hombre frente a él. A Teodoro se le notó en la mirada que empezaba a entrar en pánico. Por detrás de Teodoro se dejaron caer un par de brazos sobre el joven. Teodoro, por instinto (y experiencia) cerró los ojos asumiendo lo peor.

– ¡Chico bello, te he estado esperando todo el día! dijo la voz de Otilia, abrazando y besando al joven.

– Mamá… Mamá… ¡Mamá! refunfuñaba él.

– Mira Teodoro, ya que es día de presentaciones, te presento a mi querubín: Orlando. Teodoro abrió los ojos y miró al joven. Le sonrió con la mitad de la boca y le extendió la mano. El chico correspondió el saludo con un vigoroso apretón.

– Mucho gusto, señor. Al incómodo Teodoro se le escapó un lamento.

– ¿Puede creer que tiene solo 14 años? comentó orgullosa la madre.

– ¿14 nomás?>> replicó él adolorido. Luego se excusó y se dejó el lugar. Camino a su edificio, tomándose la mano, fue murmurando “14 años… de trabajo forzado en Huigra será… ¡Qué fuerza de esa mula!”

Pasaron los meses, luego años. Teodoro había escrito ya varios cuadernos de apuntes sobre sus indirectos encuentros. Escribió sobre todos las personas y situaciones que visitaban el lugar y dejaban sus huellas. Algunos eran inolvidables, otros menos pero igualmente encantadores. Hubo de todo: tertulias, discusiones, declaraciones de amor, secretos revelados, amantes descubiertos, en fin, tantas historias. Rara vez dejaba de visitar el Café de los Fumadores. Tal vez solo cuando no se encontraba bien de salud. Pero sus regulares visitas se vieron forzadas a descontinuarse por varias semanas debido a una extraña infección. Al parecer, el origen de la dolencia era su terrible alimentación. De alguna manera esto llegó a los oídos de sus vecinos. Curiosamente las raciones de comida no solo aumentaron en frecuencia sino que nunca faltaba una que otra fruta. Un día tocaron a su puerta. Él, poco acostumbrado a ello ya que los vecinos solo solían dejar su contribución sin avisar, se acercó escéptico y nervioso. Se quedó de pie y en silencio. Entonces tocaron nuevamente a la puerta. Teodoro empezó a transpirar. <<Soy su vecino, Margarito. ¿Me abre o no?>> Su primer pensamiento fue “No.” pero luego de pensarlo, el Sr. Laguna había sido uno de sus vecinos más atentos durante todo ese tiempo. Del otro lado de la puerta, Margarito suspiró resignado y se dispuso a retirarse a su departamento. Entonces se abrió la puerta. La primera sorpresa del vecino fue la terrible apariencia de Teodoro, luego la oscuridad en la que vivía y finalmente el tufo inexplicable que le llegó a las fosas nasales. <<¡Ay, hombre, si no es porque te veo de pie, por el olor juraría que te moriste hace veinte días! ¡Madre mía!>> Teodoro, con la mirada medio perdida y semi-encorvado cayó al suelo y perdió el sentido.

Sus ojos volvieron a abrirse lentamente. Sintió la calidez de la luz de la caída de sol sobre su rostro. Se encontraba en su cama. Le extrañó que las cortinas estuvieran replegadas y las ventanas abiertas dejando entrar aire fresco. No solo eso sino que también percibía un grato aroma en la habitación: olía a limpio. De pronto otro aroma le llegó. No supo qué era pero algo era seguro: olía exquisito. Entonces se fijó en una silueta bajo el umbral de la puerta. Teodoro no pudo reconocer a la persona ya que no llevaba puestos sus anteojos. La figura se acercó a la cama con algo en sus manos. Para cuando estuvo junto a la cama, posó un charol sobre el estómago de Teodoro. Él miró primero al charol y vio dos platos cubiertos. Luego miró a la persona. Era Orlando. El joven lo miró sonriente y dijo levantando las tapas sobre los platos: <<Crema de maíz y de segundo Arroz con carne apanada y puré de papas.>> La situación era muy extraña. Para empezar su departamento estaba arreglado y limpio; la persona que lo atendía era quien menos esperaba; y la comida eran sus platos favoritos. Desconcertado no supo qué decir. Orlando comprendió y se retiró a la cocina, dejándolo solo. Teodoro comió todo disfrutando cada cucharada y cada porción de carne como si fuera la última vez que se daba ese banquete.

Una vez que terminó, se levantó con dificultad de la cama y se dirigió hacia la cocina. Ahí estaba el joven terminando de lavar ollas y platos. El resplandor y estado de limpieza de todo lo sobrecogió al pobre hombre.

– Gracias, hijo. Dijo con voz leve.

– No me agradezca a mí sino especialmente al Sr. Laguna. Él lo cuidó durante muchos días y organizó que los vecinos se turnaran para asistirlo. Respondió Orlando.

– Pero, ¿y tú? Quiero decir, tú no eres vecino.

– Ah, sí bueno, resulta que por descuido Ud. olvidó algunos apuntes en el café de mi madre. Ella, a pesar de que le sugerí que no, leyó sus escritos y se conmovió. Dice que tiene un gran don para la narración. Creo que es su fan número uno.

– ¿Leyó mis escritos? ¿Todos?

– Todos, incluso los que tiene aquí en su departamento.

– ¿Cómo es eso? ¿Tu madre ha estado en aquí? ¿Cuándo? preguntó extrañado Teodoro.

– Sr. Murillo ¿cuánto tiempo cree que ha estado enfermo e inconsciente?

– No lo sé. ¿Unas cuantas horas? El joven se lo quedó mirando seriamente y respondió

– El día que el Sr. Laguna lo encontró tuvo que ser llevado de urgencia al hospital por su grave estado. Ahí permaneció cinco semanas. Luego lo trasladaron aquí con la aprobación médica pero debido a la fuerte medicación, no puede recordar nada. Eso lo anticipó el médico. Han pasado siete semanas desde entonces. Teodoro no podía entenderlo todo con claridad. Luego prosiguió Orlando

– Todo este tiempo lo hemos cuidado varias personas, especialmente mi madre, el Sr. Laguna y yo.

– Vaya, chico. Muchas gracias. Respondió Teodoro movido por tanta atención.

– Hay algo más… dijo el joven acercándose y tomándolo del brazo.

– Venga conmigo. Lo llevó hasta su escritorio, junto a su cama. Teodoro lo miró extrañado. No encontraba nada especial debido al inusual orden que reinaba sobre el mueble. Orlando señalo con su dedo índice a la gaveta principal. Entonces estiró su mano y abrió el cajón. La impresión obligó al hombre a sentarse apresuradamente. El joven lo asistió. Sobre sus manos, Teodoro sostenía la primera copia de un libro. Leyó entre lágrimas <<El Café de los Fumadores… por Teodoro Murillo.>> Se aferró al muchacho emocionado, llorando como niño perdido que reencuentra a sus padres. El joven correspondió el abrazo, visiblemente afectado por el tierno momento.

– Gracias. Gracias. Gracias mil.>> dijo Teodoro sin soltarse, tratando de que no se acabe ese maravilloso momento. Mirando su libro, Teodoro preguntó

– ¿Esto lo hizo tu madre?

– Ya le digo, su fan número uno. Respondió sonriente.

– Tengo que verla. ¡Vamos al café! Orlando se quedó en silencio y derramó un par de lágrimas.

– Ay, hijo… no me digas…

– Sr. Murillo, lea esto. Dijo el joven mostrándole la contraportada del libro donde se veía una pequeña foto del café con Otilia sonriente junto a la entrada y justo debajo las siguientes palabras:

“La más bella experiencia de mi vida ha sido y es ser madre de Orlando y la mayor aventura de mi vida es este Café de mis amores, que abrí con esfuerzo y mantuve con sacrificio diario. Pero esta aventura no hubiera sido tan emocionante si no fuera por los maravillosos personajes que nos visitaron y todas las historias que sucedieron aquí. A todos muchas, muchísimas gracias.

Pero tengo que agradecer a alguien especialmente ya que de no haber sido por él – que en silencio supo recoger toda la magia y misterio de lo enriquecedor de la vida que son los pequeños momentos y transcribirlos en bellas historias – en este lugar habrían quedado guardadas lecciones de vida que merecen ser compartidas. Gracias mil a ti, Teodoro.”

Sergio Falconi-Parker Ver todo

Co-Fundador & Director
Periodista documental, Fotógrafo y Productor audiovisual
Contacto: sergio.falconi.parker@somos.berlin

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