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FICCIÓN ~ Sentirse amado no tiene tiempo, por Luciana Prodan

Por Luciana Prodan

Por fuera la casa se veía como siempre, con las enredaderas cayendo desde las ventanas y los rosales rebalsando los canteros. Pero puertas adentro la cosa era distinta; puertas adentro todo se venía abajo. 

Las paredes –las mismas paredes a las que mi papá les dedicaba tardes enteras, porque siempre tuvieron problemas de humedad- comenzaron a descascararse, como si fueran de papel y dejando rastros de cascotes en el piso del tamaño de un elefante.

La mesa de la cocina se había transformado en una montaña llena de cuentas y deudas imposibles de pagar. Los baños y las habitaciones estaban destruidos. Nosotras, aunque nos costara asumirlo, estábamos en ruinas. 

La muerte de mi papá nos había dejado huérfanas de posibilidades. Sin saber qué hacer ni cómo seguir. 

Que la noche nos sorprendiera partiendo el mismo pedazo de pan, nos hizo dar cuenta de que no podíamos seguir viviendo de esa manera. Que no era justo. Que no lo merecíamos. Que nadie en el mundo puede sentirse obligado a morirse de hambre por honor. Y menos, por respeto. 

Sinceramente, la idea de transformar la casa que mi papá había construido con tanto sacrificio en una pensión, nos parecía una vergüenza. Una traición. Pero después de pensarlo un buen rato, nos dimos cuenta de que a él no le hubiese gustado vernos padecer. Qué íbamos a hacer…

Por eso, tras algunos meses, mi mamá decidió publicar un aviso en el diario ofreciendo las piezas. En menos de dos semanas, esta casa era un mundo de gente.

De todos los que viven acá, ninguno trabaja. Pero se la pasan viajando, como si trabajaran. Viven con la valija en la mano, listos para salir hacia cualquier provincia. Preparados para ir a visitar a algún pariente que esté por parir, por nacer o por morirse. Da igual. 

En realidad, “pariente” es una forma de decir, porque ellos son primos de todos. Hasta de los que nunca conocieron. Cualquiera se transforma automáticamente en un primo, un tío o un cuñado, cuando la posibilidad de armarse una valija, viajar y vivir gratis en algún otro lugar aparece. Si es gratis ellos siempre pueden; porque si es gratis ellos siempre están dispuestos a viajar. 

Dos o tres veces por semana cae la policía. Parece que los vecinos no paran de hacer denuncias, y el comisario los tiene que mandar. No le queda otra al hombre.

Raúl Fernández, el comisario de la zona, ya habló por teléfono con mi mamá varias veces. Un día hasta se tomó el trabajo de venir él, en persona, para pedirle que por favor cerrara la pensión de una buena vez; pero mi mamá le explicó que eso era imposible. Que ella no podía dejar de alquilar las piezas porque si no nos moríamos de hambre. Y parece que él lo entendió.

Durante unos meses, sentí terror. Imaginaba al comisario cansado de tantas denuncias y cerrando la pensión a la fuerza, pero eso por suerte no sucedió. Y según mi mamá, eso nunca va a suceder. Ella dice que Raúl es un hombre muy bueno, y que sería incapaz de dejarnos en la calle. Y tiene razón, si ya nos ayudó una vez, no sé porqué no volvería a hacerlo.

Igual, para ser sincera, a mí me gusta que los policías nos tengan en cuenta. Saber que todas las bestias que viven acá, aunque sea por unos minutos, van a sentirse perseguidas y amenazadas, me parece un acto de justicia. 

Un acto de justicia para mi mamá y para mí, que vivimos torturadas por ellos todos los días y a cada momento.

Por eso, cuando sé que la policía está por llegar -las sirenas de los patrulleros siempre avisan cuando están cerca- me escondo detrás de la columna que está al lado del baño y me quedo mirando. Observando cómo sufren. Cómo se desesperan.

Apenas tocan el timbre empiezan a gritar; a correr, a tropezarse. Parecen animales, no personas. 

Y entonces andan amontonados, huyendo vaya a saber uno de qué, intentando transformar sus inmundas habitaciones en guaridas. 

Aunque hay uno que no corre. Hay uno que nunca se esconde. “El Chacal”, le dicen. Y es uno de los inquilinos más viejos que tiene este lugar. 

Él siempre se queda sentado en la mesa de la cocina, desafiante. Como si no tuviera miedo. Como si no conociera lo que es el miedo. 

–Ché, Doña Esther, mire que nos vamos, pero volvemos, eh. No se nos vaya a hacer la loca que se pudre todo. Usté ya sabe -le dijo ayer “El Chacal” a mi mamá.

Con “El Chacal” ya tuve problemas hace algunos años. Nunca voy a olvidarme de aquella noche. Él tomaba mate y comía bizcochos sentado en la mesa de la cocina, como siempre. Se los metía en la boca de a tres, de a cuatro, desesperado. La pasta amarillenta mezclada con su propia saliva, se le juntaba en la comisura de los labios y me repugnaba. Sentí náuseas, pero a pesar de eso tomé valor y me acerqué. 

El olor a vino barato que salía de sus poros me descomponía. Tenía el cabello crespo, como si fuese viruta. El color de su piel se parecía al color que tienen las aceitunas cuando ya están rancias, vencidas. Su ojo derecho parecía estar hundido en un mar de sangre. Hacía unos días, había recibido una paliza y apenas podía abrirlo. Me miró fijo. Lo miré a los ojos. Respiré profundo. 

-¿Por qué te dicen “El Chacal”? -le pregunté con la intrepidez que a todos nos regala la inocencia.

Agachó la mirada. Dejó de masticar. Su boca dejó de emitir esos ruidos espantosos e hizo silencio. Se quedó paralizado. Yo sentí ganas de correr, pero no lo hice. Me sentí valiente por eso. 

De pronto, y como si un demonio se hubiese apoderado de él, apoyó una de sus manos sobre sus inmundos testículos, y la otra sobre mi hombro. Volvió a mirarme fijo, pero esta vez con odio. 

-Cucháme, gringa de mierda… ¿Vos no sos demasiado chiquita para andar preguntando esas cosas? -me increpó.

-No -le contesté. Y me quedé parada. Inmóvil. Llena de miedo, pero fingiendo una seguridad que no sé de dónde saqué. O sí. La que heredé de mi papá. Su mano sobre mi hombro me pesaba. Me hundía.

-Me dicen “El Chacal” porque soy malo. Muy malo. Y rajá de acá que quiero tomar un mate en paz, pedazo de pelotuda. Andá a buscar ese barrilete de mierda y volá de acá, ¡forra! -me gritó. Y me empujó. 

Por suerte no me caí. Hice equilibrio, como pude, y me quedé aferrada al borde frío y oxidado de la mesa de la cocina. Parece que no poder tirarme al piso, no le gustó. Entonces, apoyó las dos manos sobre sus testículos y comenzó a masajearlos con fuerza, bien perverso. Mientras se los tocaba, avanzaba y retrocedía en el mismo lugar, amenazándome con acercarse. “Ya te voy a agarrar, pendeja. Ya te voy a dar”, me gritaba amenazante.

Me alejé de la mesa como si una fuerza invisible me impulsara a huir. A salir de ese lugar tan siniestro y denigrante, que me tenía como rehén desde hacía tanto tiempo. 

La palabra “barrilete” en su boca era una escupida directa a mi orgullo. A mi pasado y mi presente. A mi vida entera. Todos me preguntaban por qué seguía guardando el barrilete que me había regalado mi papá debajo de mi cama, pero nunca se los contesté. 

A veces, cuando la angustia no me deja sentir, prefiero pensar que los malos no saben que son tan malos; y que los buenos no saben que son tan buenos. De esa manera, el mundo parece menos injusto.

Llegué al patio, agitada. Miré hacia la habitación de mi mamá. Las luces estaban apagadas. Darme cuenta de que quizás ella se había quedado dormida, me hizo sentir un falso alivio. Pensar que mi mamá dormía, irónicamente, me hacía sentir protegida. Porque si se había quedado dormida, no había escuchado nada. Y si no había escuchado nada, no tenía de qué defenderme. De quién defenderme. Golpeé la puerta, despacio.

A los pocos segundos mi mamá salió. Su cara, desfigurada de tanto llorar, se mezclaba con las sombras de su habitación lúgubre y vacía. Nos miramos en silencio. Ninguna de las dos dijo una palabra. 

Sus ojos tristes y cansados, me invitaron a pasar. Me tomó de la mano. Entré a la habitación aferrada de su inconmensurable culpa. Ella se sentó en una silla; yo me recosté sobre su cama. 

-Vení, mi amor -me dijo-. Vení que quiero abrazarte -insistió.

Me acerqué con la certeza de saber que iba a pedirme lo de siempre. Que me callara. Que no hablara más y que “no los buscara”. 

-Marita, hija, dejá de buscar quilombo. No ves que esta gente no entiende. No los busques más. Un día va a pasar una desgracia -me decía cada vez que a mí se me ocurría hacerle frente a alguno de todos estos matones que nos invadían la vida y nos comían la dignidad.

Me acerqué, temerosa, esperando su reclamo. Ella me abrazó. No dijo una sola palabra, y me abrazó. 

Comencé a llorar, como una nena. Como aquella nena que había perdido a su papá a los doce años, y como esa mujer que todavía no soy, pero que la vida me obliga a parecer. Y padecer.

Lloré con la fuerza que sólo conocemos los que ya nos sentimos vencidos.

Mi mamá sacó un pañuelo del bolsillo de su delantal y comenzó a limpiarme la cara. Mientras me secaba las lágrimas, tarareaba una melodía que parecía ser una canción de cuna. La música de su consuelo en mi oído, aquella noche me salvó.

Que sus manos me tocaran calmas y serenas, me permitían pensar que, aunque sea por un instante, seguíamos siendo las mismas de siempre. Mi mamá, por primera vez en la vida, se animaba a defenderme de la manera más inesperada: regalándome su consentimiento. 

Me quedé entre sus brazos, acurrucada. Acurrucada y rogando que no dijera una palabra. Que no intentara justificarse, que me dejara en paz, ahí, tranquila, disfrutando de algo que, de no ser cierto, se parecía bastante a la verdad. Pero lamentablemente, eso no pasó. Mi mamá no puede vivir sin justificarse, y esa noche no iba a ser la excepción. Cuando me di cuenta de que ella iba a empezar hablar, me paré. Permitir que comenzara a lavar sus culpas, mientras acariciaba mi cuerpo acurrucado y entregado al suyo, me parecía demasiado.

-Yo siempre te estoy mirando. Aunque vos no me veas, yo siempre estoy. No tengas miedo -me dijo. Y me abrazó. 

Me abrazó tan fuerte que mis huesos parecían quebrarse contenidos por el mismo amor que nunca supo darme.

La verdad es que me hubiera gustado emocionarme con sus palabras, pero no pude. Ni gracias le dije. Nada. Me quedé callada. Callada y pensado porqué la misma mujer que pretendía transmitirme seguridad, me hablaba como si fuese un muerto. O, mejor dicho, como si fuese mi padre muerto.

Mi mamá no me estaba consolando a mí. Mi mamá, en realidad, se estaba consolando a ella misma, repitiendo las palabras que necesitaba escuchar de aquél hombre que había perdido para siempre. Ella se sentía más sola que yo. Y la soledad siempre nos vuelve egoístas. 

Mi mamá, al ver que yo no reaccionaba, se sentó en su cama. Se quedó unos minutos esperando que dijera algo y, como se dio cuenta de que eso no iba a suceder, se recostó. 

-Tu papá ya está bajo tierra. Pero él también te cuida, Marita, eso vos lo sabés, ¿no? -me dijo entredormida. 

-Sí, mamá, lo sé -le contesté mientras cerraba la puerta. Y me fui a mi cuarto.

Al entrar, lo primero que hice fue buscar el barrilete. Estaba doblado en forma de triángulo, como siempre. Como él me había enseñado. 

El barrilete que mi papá había hecho con sus propias manos, me esperaba sin apurar mis ganas. El mismo barrilete que hacíamos volar juntos en la Plaza Las Heras todos los domingos y que hoy, descansa debajo de mi cama, no sabe de reclamos. Ni de olvidos. 

Al principio, cuando por las noches “El Chacal” entraba a mi cuarto y me amenazaba con romperlo, yo sentía miedo; pero ya no.

Por suerte, después de algunos años llegamos a un arreglo: él puede tocarme a mí, pero al barrilete no. Mi barrilete es mi propio cementerio. 

Sentirse amado no tiene tiempo.

 


El cuento Sentirse amado no tiene tiempo pertenece al libro En sangre viva (Moglia Ediciones, 2017). Disponible a la venta en Moglia Ediciones.

 


Portada: Sergey Zolkin

LUCIANA PRODAN nació en Buenos Aires, en 1977. Es locutora nacional, periodista y escritora. Cursó sus estudios en el Instituto Superior de Enseñanza en Comunicación (ISEC) y figura como egresada destacada de dicha institución. Se desempeña como redactora y colaboradora en diferentes medios gráficos (revista Para Ti y Noticias) en donde realiza crónicas, columnas y entrevistas a diferentes personalidades.En el año 2012, presentó su primer libro “No somos reinas. En octubre de 2016, en el Teatro La Casona, se estrenó “Amarrados”, su primera obra de teatro como autora. En agosto de 2017,  presentó “En sangre viva”, su primer libro de cuentos.

Angie Pagnotta-Depersia Ver todo

Co-Fundadora & Directora
Periodista, Escritora y Editora.
Contacto: angie.pagnotta@somos.berlin

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