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FICCIÓN ~ King Tide, por Franco Chiaravalloti

Por Franco Chiaravalloti

1

 

Tan escuálida se veía desde el aire la franja de corales sobre la que se emplaza Funafuti, la capital de Tuvalu, que imaginé a todos sus habitantes agarrados de la mano, presas del pánico, haciendo equilibrio para evitar caerse al mar. La pista de aterrizaje era una cicatriz entre el enjambre de casas y palmeras. El avión de Air Fiji que me llevaba hasta allí era pequeño; de haber viajado en un Boeing de los que atraviesan océanos, las alas habrían decapitado el techo de madera y latón de la humilde terminal.

Las ruedas chocaron contra el pavimento. El cinturón de seguridad se nos clavó en las tripas a mí, a los cuatro pasajeros restantes y a la azafata de sonrisa impecable. Por un momento pensé que los frenos no tendrían la fuerza suficiente para detener el avión antes de que se zambullera en las aguas del Pacífico. Se detuvo apenas a diez o quince metros del mar.

Al bajar por la escalerilla, no sentí las caricias de la brisa polinesia, sino el abofetear de un viento filoso con olor a gasolina. Atravesé la pista y me dirigí a la terminal a esperar el equipaje. Mucha gente caminaba a mi alrededor; no eran empleados del aeropuerto, tan sólo habitantes de Funafuti: mujeres orondas envueltas en telas multicolores, niños cargando canastos con cocos,  jóvenes de piel dorada que me repetían talofa, talofa. Todos me sonreían, todos me querían estrechar la mano.

–Señorita, creo que esto es suyo.

Un adolescente traía mi enorme maleta. En el aeropuerto no había cinta transportadora de equipaje; para recogerlo, cada pasajero tenía que meter la mano en la bodega del avión. 

Cuando el avión se apartó de la pista, unos niños invadieron el asfalto y se pusieron a jugar al fútbol. Tiempo después, Puakena me contó que los días en que no se operan vuelos se organizan sobre la pista torneos de un deporte parecido al voleibol.

Me aferré a la maleta a la espera de que mi contacto en la isla viniera a recogerme. Casi todos calzaban chanclas; muchos de ellos tenían los pies mojados, y esa combinación provocaba más de un traspié sobre las baldosas de la terminal. La entrada al aeropuerto y las calles aledañas estaban inundadas, debió haber sido intensa la tormenta de la noche anterior. De inmediato sospeché  que esas aguas no eran pluviales sino del mar, que cada día devoraba un nuevo centímetro de tierra habitable. Los coches circulaban a baja velocidad para evitar salpicar; a unos metros, tres mujeres cruzaban la calle riendo mientras se levantaban la falda para no mojarla; más allá, unos niños jugaban en la charca con barcos hechos de hojas de palma; y a cada momento, gente de camino al mercado o a la iglesia se prodigaba efusivos saludos.

Durante los días previos a mi viaje sólo una idea me obsesionaba: todo en esta república parecía ser de ahora o nunca. Así lo escribía en mi cuaderno, así lo sugerían los artículos o vídeos que consulté para documentarme. Según los científicos, dentro de cincuenta años Tuvalu desaparecerá bajo las aguas del océano debido al calentamiento global. De poco han servido los muros que construyen y reconstruyen sus habitantes para detener el avance del mar –participan todos en esta brega, hasta los ministros, hasta el jefe de estado–; han resultado insuficientes los mangles que plantan las organizaciones ecologistas en las zonas más vulnerables de la isla; absurdas resultan las súplicas que eleva el gobierno a esa difusa entidad llamada “comunidad internacional” para que reduzcan la emisión de gases. Ante este panorama, me repetía, en Tuvalu todo debía ser de ahora o nunca: huir a nado, colarse en un barco, dejarse engullir por el océano. Las imágenes que traía a mi mente antes de dormirme no eran de palmeras o hamacas mecidas por el viento sobre arenas sedosas; el insomnio me traía una lluvia grisácea, un sol negro, miradas desencajadas, gestos de sofoco. Sin embargo, en esos primeros minutos en Tuvalu a mis oídos sólo llegaban talofas, risotadas o gritos de gol, y mis ojos recibían un cielo despejado –el más nítido que he visto jamás–, telas floridas que cubrían torsos o cabellos, y gestos de bienvenida, o de sorpresa.

–¿Bruna, Bruna Vallejo? ¿He pronunciado bien su nombre?

Me di la vuelta y encontré un chico de camisa florida, cabello negro y ralo, chanclas, pies mojados.

Respondí que sí con desconfianza. Me estrechó la mano, se presentó como enviado del hotel y llevó la maleta hasta un mototaxi. Al cruzar la calle, me levanté los pantalones y caminé de puntillas, pero no pude evitar empaparme los pies. El chico miró mis zapatos de gamuza negra y rio.

 

2

 

–Nueva Zelanda nos ofreció setenta y cinco permisos de residencia al año; y no en su territorio, sino en la remota dependencia de Niue. Australia, por su parte, se negó a escuchar el pedido de auxilio. A ellos les solicitamos construir un asentamiento de veinte mil habitantes en un área despoblada del estado de Queensland, pero dijeron que es zona aborigen y por eso allí sólo pueden vivir aborígenes. Meses después les propusimos edificar en los inmensos Territorios del Norte; en este caso, respondieron que es imposible ubicarnos allí porque buena parte de esa región está catalogada como área de protección animal.

El señor Sopoaga dejó de hablar para beber de la copa. Ese sabor le moldeó un gesto más afable en el rostro.

–Está muy bueno, ¿me puedo servir más?

Por supuesto, es su regalo, le dije. Asintió y volvió a beber.

–No hace falta que me pregunte lo que está a punto de preguntarme –prosiguió–. ¿Qué haremos entonces si nadie nos ayuda?

Sopoaga, primer ministro de Tuvalu, paseó el sorbo de Rioja por el paladar y tragó. Acerqué aún más la grabadora hacia él para capturar mejor su voz lánguida.

–Taiwán se está implicando mucho en nuestro futuro: en los próximos cinco años invertirán doce millones de dólares. Van a instalar una planta extractora que eyectará a alta mar el agua acumulada en la isla. Además, estamos renegociando el contrato con los servidores de Internet de Silicon Valley. Con ese dinero construiremos diques más grandes y muros más altos.

Apreté los labios para evitar sonreír. El dominio de Internet de Tuvalu es punto tv, quizás las dos letras más codiciadas por cualquier medio de comunicación. Hace unos años, el gobierno cedió el uso de esa coletilla a compañías de Estados Unidos interesadas en incluirla en las direcciones web de las cadenas ABC y Fox, y también en páginas porno como blowjob.tv o milf.tv a cambio de un suculento contrato. Con ese dinero se hicieron hospitales y carreteras. E iglesias, para atenuar la ira de las obispos ante semejante contradicción.

–Muy bueno. Realmente muy bueno. –Sopoaga apuró la copa y se volvió a servir–. De todos modos, señorita, le diré la verdad. A pesar de lo que diga la oposición o muchos habitantes del país, la solución no está ni en los diques ni en los muros: tenemos que largarnos de aquí. 

Su voz volvió a oscurecerse. En los correos electrónicos que nos habíamos intercambiado los meses previos imaginé a una persona chispeante, entusiasta. Los signos de exclamación que añadía en las cabeceras de los mensajes o el uso de expresiones como estupendo o fenomenal contrastaban con estos vaivenes en su modo de hablar. Me resultó sencillo concertar la cita porque traté directamente con él: en las gestiones no intervino ningún comité de prensa –porque no existe tal organismo en este país de once mil habitantes– ni con secretaria alguna. En señal de agradecimiento a su prestancia, en uno de los mensajes le pregunté qué le gustaría que le trajera de España; su respuesta tardó dos horas en llegar: “Un Rioja Gran Reserva”.v

–Mientras tanto, para no alarmar a la población, priorizamos gestionar de modo correcto el uso del agua. El agua que tenemos que evitar que entre, y el agua que la gente consume. ¿Se aloja en el Lagoon Hotel? ¡Dúchese rápido! –exclamó, y volvió a servirse vino. 

 


Franco Chiaravalloti (Buenos Aires, 1979). Escritor y profesor de cuento y microrrelato en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès. Reside en Barcelona desde 2003. Ha publicado los volúmenes de relatos Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente (Hijos del Hule, 2009) y Esos de ahí afuera (Talentura, 2015). Además, ha colaborado en numerosas antologías de narraciones breves e hiperbreves, tanto en España como en Argentina. Ha publicado artículos de crítica literaria en diversas publicaciones online e impresas, como Revista de Letras, Pliego Suelto, Quimera o Granta.


King Tide (fragmento), del libro de cuentos inédito Insular


Portada: Mantas Hesthaven

Angie Pagnotta-Depersia Ver todo

Co-Fundadora & Directora
Periodista, Escritora y Editora.
Contacto: angie.pagnotta@somos.berlin

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