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FICCIÓN ~ La ciudad invencible, por Fernanda Trías

Por Fernanda Trías

Fragmento de La ciudad invencible (Demipage, España, 2014; HUM, Uruguay, 2015; Laguna Libros, Colombia, 2019).

 

MARITA

 

Conocí a Marita una semana después de mudarme al monoambiente. Es cierto que la vi el primer día, mientras maniobraba para sacar el colchón del ascensor —se había asomado a la puerta al oír mi forcejeo envuelto en el crujido del nailon—. No me preguntó si necesitaba ayuda, solo me miró detrás de la rendija que permitía la cadena. Como adentro estaba oscuro, no alcancé a verla. Intuí una melena de mujer, un ruido de platos detrás de ella, y sin saludarla seguí con lo mío, demasiado feliz para siquiera considerar la existencia del otro.

Dejé el colchón en el piso, contra la pared desde donde podía verse una ventana con una cortina turquesa (luego sabría, la ventana de Marita). Prendí la computadora y encontré el wifi de un vecino sin contraseña. La red se llamaba «Si no me tienen fe» y era una señal débil, que por momentos se cortaba y podía permanecer días parpadeante, como un latido moribundo. Me senté en el colchón y miré alrededor: veinticuatro metros cuadrados, todos para mí, y por la mitad del precio que pagaba por compartir el inodoro ortopédico de la señora Nibia. El departamento había sido un consultorio psiquiátrico, por lo que no tenía placares y la cocina quedaba dentro de un armario. En las paredes aún resaltaban las sombras de los cuadros anteriores, ojos esquivos, infinitamente grises.

El barrio me resultaba demasiado lujoso en comparación con Paternal y hasta me daba cierto pudor pasearme por la plaza Guadalupe, con sus frondosos árboles y sus cafés europeos, cuando yo tenía unos trabajos aislados, semana sí, semana no, que apenas me cubrían el alquiler. Pensé en llamar a Delmira y contarle la noticia. La última vez que hablamos ya compartía el cuarto de la pensión con dos hermanas gemelas, también de Bolivia, hijas de unos amigos de su familia. «Cuando están las dos, es como ver doble», me dijo. Pero lo más importante era que estaba enamorada. Ella y su novio tenían planes de mudarse juntos a fin de año, vivirían con la abuela de él. «No más pensiones», me dijo; hablaba fuerte, parecía otra. Busqué su número, pero no lo encontré. Había quedado en el celular viejo.

Abrí una botella de espumante para celebrar y la tomé hasta caer dormida, entre náuseas y vahídos, en el colchón sin sábanas. Desperté a cierta hora de la tarde. El silencio me abismaba; por momentos me parecía increíble no oír los aullidos del perro-lobo y los rezongos de la vieja, pero también me llegaba, con la cadencia de los estados nauseosos, cierta nostalgia de aquel ruido de tren que se colaba por las noches desde la estación Paternal y la sospecha de que ese barrio, con su olor a torta frita y a llanta quemada, me pertenecía más que este silencio de consultorios vacíos en un barrio inventado al que llamaban Villa Freud.

Al otro día fui a la iglesia, el único lugar público donde podía llorar tranquila, y eso hice, sentada en el banco debajo del Cristo crucificado. Un cura se me acercó. Me preguntó si estaba bien y yo, para justificarme, le dije que lloraba de alegría porque nunca había tenido nada y ahora, por primera vez, era dueña de algo: un colchón comprado al judío de avenida San Martín, mi pertenencia de mayor tamaño, mi primer bien mueble, un objeto que me daba un vértigo increíble porque me anclaba de forma más o menos estable a una ciudad. Y sobre el colchón había quedado la copia firmada del contrato de alquiler. Mi propia firma (vértigo), mis propias decisiones hechas materia.

Un día sonó el timbre y era Marita. Una mujer mayor y de rasgos bellos; ojos oscuros y grandes, como los de las bailarinas árabes, o al menos como los de las bailarinas árabes que yo imagino. Traía una porción de pastel de carne y una botella de coquito, bebida a base de leche de coco, ron y abundante azúcar. Con torpeza le agradecí. No le dije que era vegetariana; tampoco la hice pasar. El pastel de carne, en un platito de postre, estuvo sobre la mesada el día entero. Luego pasó a la heladera y ahí se quedó hasta volverse duro y renegrido. Creo que seguía en la heladera el día en que finalmente la invité a tomar un café. Para ese entonces ya había notado que rengueaba y durante meses fantaseé con pedirle que se sacara la prótesis, como en ese cuento que me gustaba tanto, en el que un vendedor de biblias seducía a una mujer solo para robarle su pierna de palo. Yo le revelaba poco de mí. Nunca mencioné a la Rata ni las razones por las que mi persiana permanecía baja durante días, a pesar de que ella podía ver la luz prendida entre las rendijas superiores.

Hablábamos por hablar; del clima, de comida, del edificio ocupado en la otra cuadra. Hablábamos de Puerto Rico, también, ese país-paradoja que no tenía derecho a votar por ningún presidente. Marita era del partido independentista, es decir que pertenecía al cuatro por ciento que en 1993 había votado por separarse de Estados Unidos. Para el siguiente plebiscito, el de 1998, Marita ya estaba en Buenos Aires y ya tenía una pierna menos. Me dijo esto y se rio —tenía una capacidad envidiable para reírse de sí misma. A veces decía «toco madera», y se daba unos golpecitos con los nudillos en la pierna artificial—, porque cuando le dijeron que tenía cáncer en la cadera, un cáncer raro del hueso, lo primero que hizo fue viajar a Estados Unidos a operarse. «No necesité visa para entrar», dijo riendo. Sí, podía reírse de todo, y estoy segura de que se habría sacado la pierna de plástico y habría bailado para mí, dando saltitos en un solo pie, si yo hubiera tenido el valor de pedírselo.

Pasaron dos o tres semanas desde que me tocó la puerta con su primera botella de coquito hasta que volvimos a encontrarnos en el hall. Ella aceptó enseguida mi invitación y hasta sentí que antes de entrar hizo una pequeña reverencia, aunque quizá solo haya sido un mal movimiento, un tic de la cadera ausente. Miró alrededor y vi cómo sus ojos intentaban calibrar la situación: ¿dónde estaban los muebles?, ¿dónde, los objetos? Hacía poco que me había mudado, sí, pero las cosas estaban dispuestas de tal modo que parecían ahí para quedarse. Quiso elogiar algo y habló del ventanal. «Rica luz», dijo, buscando disimuladamente algo que luego supe era una silla.

Además del colchón y de la valija, ahora tenía un perchero y dos cajas de Santillana, en las que me habían llegado los manuscritos para los informes de lectura, prolijamente forradas con un papel satinado que robé del Centro Cultural de España. Para que no se desfondaran, rellené de libros mis pequeñas mesas, los pocos que había traído conmigo a Buenos Aires y que, por esa razón, nunca llegué a leer. «Estoy con algunos problemas de mobiliario», le dije a Marita. Ella no necesitó más; tenía esa rapidez que en el Río de la Plata llamamos «viveza criolla». Se levantó un poco la pollera larga y por debajo de la tela asomó algo de un rosado pálido, por completo inhumano, por completo irreal, más parecido a un jamón o a las encías brillantes de algunos dientes postizos. «Yo también tengo un problema de mobiliario», dijo.

La operación de Marita fue el último regalo de su exmarido. En cuanto supieron del diagnóstico, él la internó en una clínica de la Florida, dejó pagada la mejor prótesis del mercado y se fue a vivir con una exalumna de veintitrés años. No estuvo presente durante la operación ni después. Como no habían tenido hijos y Marita no trabajaba, quedó sola, pobre e inútil en menos de una semana. La casa de San Juan se la dejó para ella, eso sí, pero entre la operación y el usufructo de la casa consideró que quedaban saldados veinticinco años de planchado de camisas y arroz con gandules. Fue entonces que su sobrina, casada con un argentino, le ofreció venir a Buenos Aires. «En el fondo me odia», dijo Marita, «pero es buena. Demasiado buena para devolverme a San Juan». Una noche, más bien una madrugada, Marita recibió una llamada del exmarido. El tipo llamaba desde México, borracho, desde un resort donde pasaba las vacaciones con su nueva mujer, uno de esos hoteles con canilla libre de margaritas en las piscinas calientes. Quería decirle que era feliz, que no podía evitar ser feliz con su exalumna, y que por eso le pedía perdón. «Me pedía perdón por ser feliz», dijo Marita una tarde en que habíamos tomado bastante. «¿Se habrá pensado que soy la fuckin’ Virgen María?». Ahora, cuando venía a visitarme, traía su silla plegable, una especie de taburete de cocina que abría con cierta violencia, como una enorme tijera, y se sentaba allí con la pierna buena doblada y la artificial extendida sobre el escalón del ventanal.

En cierto momento la conversación languidecía y quedábamos en silencio. El silencio era cómodo entre nosotras. Mirábamos las azoteas de las casas, siete pisos más abajo, mirábamos los árboles de Julián Álvarez (solo las copas, melenas de señoras altas), las nubes que se acercaban desde el Norte y la cortina gruesa que se movía apenas en su ventana, hasta que yo prendía la luz, como un viejo mago que revela sus trucos, y nos decíamos adiós.

 


Fernanda Trías nació en Montevideo. Escritora, traductora y profesora de escritura creativa, obtuvo su Maestría en Escritura Creativa por la New York University. Es autora de los libros Cuaderno para un solo ojo, La azotea, La ciudad invencible y No soñarás flores. Obtuvo la beca Unesco-Aschberg en 2004 y en 2018 el premio SEGIB-Eñe-Casa de Velázquez, que se otorga en España a un escritor latinoamericano por su proyecto de novela Mugre rosa. Actualmente vive en Bogotá.


Portada: John Towner

Angie Pagnotta-Depersia Ver todo

Co-Fundadora & Directora
Periodista, Escritora y Editora.
Contacto: angie.pagnotta@somos.berlin

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