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FICCIÓN ~ Exceso de equipaje, por Carlos Enrique Saldívar 

Por Carlos Enrique Saldívar

 

Todo indicaba que sería el típico vuelo en avión desde Lima con destino a Cusco. 

Una vez dentro del transporte, el doctor Octavio Morales se acomodó en el asiento que le correspondía. Había dejado sus dos pesadas maletas en la bodega de equipaje. Se fijó que algunas personas acomodaban lo que llevaban consigo en los portaequipajes al costado de sus sitios, esto se debía a que sus valijas eran pequeñas. El doctor Octavio decidió no pensar más en los pasajeros, sino en relajarse, escuchar algo de música, ver una película en su celular. Por fortuna, la ley había cambiado y ahora podía tener encendido su dispositivo, siempre y cuando lo tuviera en modo avión. Se dio cuenta de que aquella normativa se había modificado hace años. Era un lustro desde que no viajaba en un armatoste de esos.

Durante todo el vuelo, podría tener prendido su celular, eso lo reconfortó. Desde luego, no sería del todo así. En algún momento se agotaría, entonces no tendría más remedio que apagar su teléfono móvil y dormir. Había de llegar en buenas condiciones a Cusco. Un nuevo trabajo se le presentó, con buena paga, no podía desperdiciar la oportunidad. Su matrimonio se había deshecho hace tiempo, pero supo sobrellevarlo, salir adelante. Ante todo, supo cómo criar a dos hijos que ahora eran profesionales. 

El doctor Morales contaba con cincuenta y seis agostos.

El avión despegaba. En los altavoces se realizaron las indicaciones para los pasajeros.

Se puso a leer una revista que había descargado gratuitamente de la red con todas las de la ley. Era una publicación periódica de temas fantásticos. Le gustaba mucho esa revista, en especial cuando en el primer número leyó un cuento de ciencia ficción que relataba la historia de un extraño mal que consistía en que el paciente enfermaba a todo aquel con el que se topaba. El malestar comenzaba con dolor de cabeza, después con dolor de estómago, luego con dolor de huesos, y de no tratarse en el lapso de veinticuatro horas, podía conducir a la muerte del afectado. No era real. Medicina ficción, se dijo el doctor Morales. Qué fabulosa era la ciencia ficción, puesto que abarcaba todas las ramas de la ciencia y las modificaba para dar a luz ese tipo de historias. El volumen tenía una editorial breve (aunque erudita) y diversos gráficos. El doctor lo leía con suma atención y deleite.

Escuchó ruidos delante de él, se trataba de un pasajero que se mostraba nervioso y le pasaba la voz a cada rato a la aeromoza, sobre todo para que le diera un poco de agua.

¿Será su primer vuelo? ¿Quién sabe? El doctor optó por no preocuparse por los otros, al menos no durante ese vuelo. Había dedicado su vida al servicio de los demás, con toda la ética y los valores que su profesión conllevaba. Era médico general y había tenido un gran número de pacientes, vio cosas extrañas en una vida dirigida a la curación de la gente. Un viaje en avión era uno de los lugares más improbables para que pudiera surgir algún lío, aunque nunca se sabía. De repente aquel hombre era un alborotador, o quizá podía ponerse muy tenso y hacer algún tipo de barullo. Nadie quería eso. ¿No sería bueno que el doctor se pusiera de pie y se acercara al sujeto para preguntarle qué sucedía?

No, mala idea. Todo pasará pronto, se dijo. En definitiva, no puedo despegarme de los demás, pensó. Era su labor, estar pendiente de lo que ocurriera con las personas. Librarlas de sus males. Era su obligación. Había nacido para ello. Giró el rostro atrás, esto le produjo algo de incomodidad, pues los asientos eran grandes. Miró diversas caras, había una joven que también se veía inquieta. Ninguna otra novedad: una pareja tomada de la mano. Una dama con un niño pequeño. Un hombre con corte (y porte) militar. El doctor regresó a su posición anterior. Al costado de él había un hombre viejo, como de setenta… setenta y un años, se dijo el doctor. Soy bueno adivinando edades, añadió mentalmente. El anciano lo miró con brevedad y lo saludó. Estaba callado, cerró de inmediato los ojos, con una pose que parecía de meditación. No, no podía dejar de pensar en los demás. Era una gran manía.

Ya llevaban quince minutos en el aire, cuando el incidente tuvo lugar.

El hombre del asiento de adelante, que lucía nervioso, se desató el cinturón de seguridad y cayó, como fulminado, en medio del pasillo. La aeromoza se asustó y fue a socorrerlo, un hombre alto, que dijo ser policía, también se acercó. 

«Soy médico, soy médico», anunció el doctor Morales y fue a ver qué pasaba. «Está muerto», dijo después de tomarle el pulso. 

El difunto solo llevaba una camisa (por los meses de calor). El doctor se la desabrochó y miró la mancha violácea que el fallecido tenía sobre el corazón. 

«¿Qué le pasó», preguntó la aeromoza. 

«Ha muerto por exceso de equipaje», sentenció el médico.

«¿Qué?, dijo ella. «Solo lleva una pequeña maleta en el portaequipaje. Tan chica que más parece una mochila».

«Explíquenos, por favor», dijo el policía. «¿Cómo que murió por exceso de equipaje?»

«Muchas veces», arguyó el doctor Morales, «cuando salimos de un punto de este mundo para dirigirnos a otro, y llevamos con nosotros nuestras cargas emocionales, nuestros males sentimentales, nuestras tristezas, tribulaciones y pecados, traemos exceso de equipaje, eso nos pesa tanto que nos aprieta el corazón. Se manifiesta rápido, en minutos, primero vienen los temores de no saber qué pasa y luego las sensaciones negativas que tenemos con nosotros nos apabullan, nos aprietan tanto que nos matan».

«De las cosas que uno se entera en un avión», dijo el policía.

«Increíble. Llamaré a la central e informaré», mencionó la aeromoza.

El doctor Morales enseguida pensó cómo hace cinco años él logró salvarse, cuando dejó gran parte de ese equipaje en casa y realizó aquel significativo vuelo de Ayacucho a Lima. 


 

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR (Lima, 1982). Finalista en diversos concursos de cuento y microrrelato. Ha publicado relatos, poemas, reseñas, artículos y ensayos en diversas revistas, webs y antologías. Publicó: Historias de ciencia ficción (cuentos, 2008, 2018), Horizontes de fantasía (cuentos, 2010), y El otro engendro (2012). Compiló Nido de cuervos (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016) y Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018).


Portada: Bambi Corro

Angie Pagnotta-Depersia Ver todo

Co-Fundadora & Directora
Periodista, Escritora y Editora.
Contacto: angie.pagnotta@somos.berlin

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