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#FICCIÓN ~ Éramos unos niños, por Patti Smith

Por Patti Smith

Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos borrosos, semejantes a huellas dactilares en platos de cristal, de un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se alzó de un vestido de plumas blancas.

«Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.

La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas.

El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.

Nací un lunes, en el North Side de Chicago durante la gran nevada de 1946. Me adelanté un día, porque los niños nacidos en la víspera de Año Nuevo salían del hospital con un frigorífico nuevo. Pese a sus esfuerzos por no dejarme salir, mi madre comenzó a tener fuertes dolores de parto mientras el taxi atravesaba a paso de tortuga la ventisca que azotaba el lago Michigan. A decir de mi padre, nací larga, flaca y aquejada de bronconeumonía, y él me mantuvo con vida sosteniéndome sobre una bañera humeante.

Me siguió mi hermana Linda, que también nació durante una nevada en 1948. Por necesidad, me vi obligada a despabilarme muy pronto. Mi madre planchaba para otros mientras yo permanecía sentada en las escaleras de nuestra pensión, esperando al heladero y los pocos carros de caballos que aún quedaban. El heladero me daba pedacitos de hielo envueltos en papel de estraza. Yo me metía uno en el bolsillo para mi hermana menor, pero, cuando más adelante iba a sacarlo, descubría que ya no estaba.

l quedarse mi madre embarazada de mi hermano, Todd, abandonamos nuestro estrecho alojamiento de Logan Square y nos mudamos a Germantown, en Pensilvania. Durante los años siguientes, habitamos en viviendas temporales para militares y sus hijos: barracones encalados con vistas a un campo abandonado rebosante de flores silvestres. Lo llamábamos La Parcela y en verano los adultos charlaban, fumaban y se pasaban jarras de vino de diente de león mientras los niños jugábamos. Mi madre nos enseñó los juegos de su infancia: las estatuas, el Martín pescador y Simón dice. Hacíamos guirnaldas de margaritas para adornarnos el cuello y la cabeza. Por la noche, recogíamos luciérnagas en botes de conserva, les extraíamos la luz y nos hacíamos anillos.

Patti Smith
Portada: Erik Mclean

Mi madre me enseñó a rezar; me enseñó la oración que su madre le había enseñado a ella. Now I lay me down to sleep, I pray the Lord my soul to keep: «Ahora que me acuesto, ruego al Señor que vele por mi alma». Al anochecer, me arrodillaba delante de mi camita mientras ella, con su omnipresente cigarrillo, me escuchaba recitarla. Nada me gustaba más que decir mis oraciones, pero aquellas palabras me inquietaban y la acosaba a preguntas. ¿Qué es el alma? ¿De qué color es? Yo sospechaba que mi alma, como era traviesa, podía escabullirse mientras soñaba y no regresar. Hacía todo lo posible por no quedarme dormida, para mantenerla dentro de mí, donde debía estar.

Quizá para satisfacer mi curiosidad, mi madre me apuntó a catequesis. A fuerza de repetir aprendíamos versículos de la Biblia y las palabras de Jesús. Después nos colocaban en fila y nos recompensaban con una cucharada de miel. Solo había una cuchara para servir a un montón de niños con tos. Yo rehuía la cuchara de forma instintiva, pero enseguida acepté la noción de Dios. Me gustaba imaginarme una presencia por encima de nosotros, en continuo movimiento, como estrellas líquidas.

No satisfecha con mi oración infantil, pronto pedí a mi madre que me dejara inventar las mías. Fue un alivio no tener que seguir repitiendo las palabras If I should die before I wake, I pray the Lord my soul to take y poder expresar, en cambio, lo que tenía en el corazón. Acostada en mi cama junto a la estufa de carbón, me sentía libre para murmurar largas cartas a Dios. No dormía mucho y debí de irritarlo con mis interminables promesas, visiones y proyectos. Pero, conforme pasó el tiempo, terminé experimentando una clase distinta de oración, una oración silenciosa que requería escuchar más que hablar.

Mi riachuelo de palabras se disipó en una compleja noción de expansión y alejamiento. Fue mi entrada en el fulgor de la imaginación. Aquel proceso se acentuó con los estados febriles debidos a la gripe, el sarampión, la varicela y las paperas. Contraje todas aquellas enfermedades y, con cada una, tuve el privilegio de alcanzar un nuevo grado de conciencia. En profunda comunión conmigo misma, mientras la simetría de un copo de nieve giraba sobre mí y se intensificaba a través de los párpados cerrados, accedía a una visión del más alto valor, un fragmento del calidoscopio celestial.

Poco a poco, mi amor por los libros fue desbancando mi amor por la oración. Me quedaba sentada a los pies de mi madre, viéndola tomar café y fumar con un libro en el regazo. Su ensimismamiento me fascinaba. Aunque aún no iba a la guardería, me gustaba mirar sus libros, acariciar las páginas y levantar el papel de seda que protegía los frontispicios. Quería saber qué contenían, qué captaba tanto su atención. Cuando mi madre descubrió que había escondido su tomo carmesí de El libro de los mártires de John Foxe debajo de mi almohada, con la esperanza de absorber su significado, se sentó conmigo y comenzó el laborioso proceso de enseñarme a leer. Con sumo esfuerzo, pasamos de la mamá Gansa a los cuentos de Dr. Seuss. Cuando ya no necesité más instrucción, me permitía unirme a ella en nuestro duro sofá mientras leía Las sandalias del pescador y Las zapatillas rojas.

Leer me apasionaba. Anhelaba leerlo todo, y lo que leía me creaba nuevos anhelos. A veces me iba a África y ofrecía mis servicios a Albert Schweitzer o, engalanada con mi gorro de piel de mapache y mi polvorera de cuerno, defendía al pueblo como Davy Crockett. Podía escalar el Himalaya y vivir en una cueva donde haría girar una rueda de oración para mantener la tierra en movimiento. Pero la necesidad de expresarme era mi deseo más fuerte, y mis hermanos fueron los primeros que conspiraron conmigo para sacar partido a mi imaginación. Escucharon atentamente mis historias, se prestaron a actuar en mis obras de teatro y combatieron en mis guerras con arrojo. Con ellos de mi parte, cualquier cosa parecía posible.

En los meses de primavera, estaba enferma a menudo y me vi obligada a guardar cama mientras oía jugar a mis camaradas al otro lado de la ventana. En los meses de verano, los más pequeños me informaban de cuánta parte de nuestro campo sin arar habíamos ganado al enemigo mientras yo seguía enferma. Perdimos muchas batallas en mi ausencia, y mis cansadas tropas se reunían alrededor de mi cama para que yo las bendijera con nuestra biblia infantil, Jardín de versos para niños de Robert Louis Stevenson.

En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y retirada. Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor que yo. Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación por sus cosas.

 


Portada: Gijsbert Hanekroot/Redferns


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Angie Pagnotta-Depersia Ver todo

Co-Fundadora & Directora
Periodista, Escritora y Editora.
Contacto: angie.pagnotta@somos.berlin

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