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FICCIÓN ~ Las tres vueltas del Ampelmännchen, por Sara Jiménez Molina

Por Sara Jiménez Molina

 

Alice era mujer de convicciones fuertes. No compraba ropa de marcas que fueran conocidas por explotación, reciclaba y se hacía llamar feminista. Al menos eso me dijo el día que la conocí. 

Conseguí su anuncio en una red social en la que la gente ofrece sus sillones gratis alrededor del mundo. Me habían dicho que era la forma más barata de viajar. En mi perfil, reemplacé mi pobreza por “un profundo interés en la experiencia de conocer los países a través de su gente”, frase armada pero efectiva. Alice me aceptó. 

El plan era quedarme en Berlín por dos noches y seguir mi camino hacia otros sillones de Europa. Mujeres siempre en casa de mujeres, según recomendaba la página a viajeras solas como yo, como si eso fuese garantía alguna de seguridad. Era la primera vez que hacía esto, una especie de cita a ciegas con una desconocida con la que además me iría a dormir; todo en una ciudad donde no sabía ni el idioma para pedir ayuda. 

Alice me recibió en la puerta, traía un vestido negro y medias del mismo color. No llega a ser fea, pensé, pero tampoco era linda. En inglés fluido me invitó a su habitación. Nos abrimos paso esquivando bolsas con botellas vacías y cartón apilado, haciendo sonar todas las tablas del piso. El cuarto también parecía hecho de madera suelta; en el fondo en diagonal, una cama sin sábanas y un espaldar de tubos dorados que formaban espirales de distintos tamaños. En la esquina una biblioteca vacía y al lado un sillón marrón, mi sillón. 

Solté la valija haciendo crujir el piso y traté de romper el hielo: ¿Estabas durmiendo?, pregunté. No, me dijo, y se acomodó en la cama para empezar la charla común de gente que recién se conoce. ¿De dónde eres, qué haces, eres feminista? Cuando no tuvimos mucho más de qué hablar, me dijo que tenía un cumpleaños ahora y que si quería podíamos ir juntas. Acepté. 

Se paró frente al espejo y empezó a maquillarse. Me hizo recordar a Paola, que nunca se maquillaba en casa. Siempre, aunque tuviésemos tiempo, esperaba estar en el auto en pleno movimiento, sacaba el lápiz negro de punta afilada y lo paseaba por el contorno interno de sus ojos, me mataba de la impresión. ¿Cómo no te sacaste un ojo, Paola? 

Abrí la valija para cambiarme el sweater y peinarme un poco, saqué la caja de alfajores y ofrecí uno a Alice. Los había comprado para mis anfitriones gratuitos como una forma de retribuirles. No como azúcar refinada, me dijo. Me aclaró que era por salud, pero que me agradecía el gesto. 

Alice compartía el departamento con Jan, un programador flaco y alto cuyos ojos parecían brotar de su cara y saltar en todas direcciones. Es callado, pero es un buen chico, me dijo Alice cuando entrábamos al subte de camino al cumpleaños.  

Jan había sido su compañero de departamento mientras estaban en la facultad, pero después ella se había mudado con su novio. En realidad más que mi novio, estuvimos a punto de casarnos, me dijo Alice; sus rasgos casi masculinos y casi lindos se entristecieron. Habían terminado hacía poco y Alice se había vuelto a mudar con Jan. 

Me contó que esta situación le incomodaba, volver a compartir departamento como una estudiante con más de 30 años. Le pregunté si había pensado en mudarse sola, como hice yo cuando me peleé con Paola. Es lo mejor vivir sola, le dije, pero ella me dijo que en Berlín era muy difícil. Desde que llegaron los refugiados no se consiguen pisos baratos, me explicó. Claro, no es que sea su culpa, pero nos cuesta a los alemanes conseguir un lugar. No quise polemizar frente a todo el vagón del subte que ya iba repleto de gente. 

Cada tanto yo miraba por la ventana, cuando caía en cuenta de que me había bajado del avión hacía 4 horas y no estaba ni conociendo, ni tachando vistas turísticas de mi lista previamente planificada. En el camino, le pasamos por un lado a una escultura que se levantaba sobre el río. Ese es El Hombre Molecular, me dijo Alice. Yo lo conocía, lo había anotado para visitarlo, pero aun así me impactó verlo desde el tren. Tres tipos de metal plano y ahuecado que parecían bailar entre sí, inmensos e iluminados por los reflejos de lo que quedaba de sol y las luces de la ciudad recién encendidas. 

Es surreal que haya visto esta imagen tantas veces en internet y ahora le esté pasando por un lado ¿no crees?, le comenté a Alice. Sí, supongo, me contestó a secas y estiró la mano para pedirme el vaso de café vacío. Acá no tiramos basura en el suelo, dijo.  

 

Cuando llegamos al edificio donde era la fiesta, ya era de noche. Alice no se acordaba del piso exacto, así que tomamos el ascensor hasta el último y empezamos a bajar en búsqueda de la música. Es una de las mejores lecciones que me han dado en mi vida, le dije a Alice. Cuando la cuentes, respondió, di que te la enseñó una mujer. 

Entramos finalmente al departamento y nos descalzamos en la entrada, abrigos y bufandas en el piso y zapatos en la zapatera. El ruido, era un ruido clásico de fiesta, pero en alemán. Cuando Alice me presentaba lo hacía en inglés e inmediatamente todas las personas cambiaban a inglés para hablar conmigo, incluso algunos cambiaban a español. Me ofrecieron vino y entre copa y copa respondí una y otra vez las mismas preguntas: de dónde eres, qué haces, eres feminista. Cuando se dirigían a Alice lo hacían en alemán, y por la cara de la gente y la señal de Alice con la mano, como quien corta el aire con un hachazo horizontal, pude intuir que le estaban preguntando por su ex. 

Ella se daba cuenta de mi desconcierto y cada tanto cambiaba la conversación de tema y de idioma para que yo no me aburriera. Pero la gente estaba interesada en saber más, así que Alice respondía, una y otra vez las mismas preguntas. No, no lo había vuelto a ver. No, no estaba saliendo con nadie. Sí, prefería estar sola por un tiempo. Los amigos de Alice parecían algo incrédulos, pero sonreían y brindaban con ella, y conmigo por defecto, ¡Por la soltería!, decían. Yo pensaba en Paola. 

Poco a poco, y de dos en dos, todos se fueron yendo de la fiesta. Nosotras nos quedamos charlando con Michael que no se quería ir porque había venido en bici y hacía mucho frío. Michael y Alice se conocían del trabajo, ella era diseñadora de modas y él modelo. Michael no sabía español excepto por algunas palabras que había aprendido con su ex novio argentino. Me encantaba estar con él, me dijo, porque no le entendía nada; el esfuerzo de discutir era mucho así que nunca peleábamos. Seguro por eso peleábamos tanto Paola y yo, porque hablábamos el mismo idioma.  

Phillip, el dueño del departamento de la fiesta, no hablaba nada de español, pero tenía un inglés aceptable. Me sirvió lo que quedaba de una botella de vino y gritó: ¡Hasta el fondo y salud por Brasil! Otra vez no quise polemizar; quizás no sea necesario ser de un país para brindar por él. 

Alice salió del baño y me hizo señas para irnos, Phillip la vio ponerse el abrigo y me pidió que me quedara un rato con él. Yo la llevo en la mañana, le dijo a Alice, estaba algo borracho y yo también. Me gustan las mujeres Phillip, dije, y me seguí atando las trenzas de las botas. ¡A mí también!, me respondió emocionado. ¡Sobre todo las brasileras!  

 

De noche Berlín era como cualquier otra ciudad, su silencio roto por el tránsito y sus luces de neón en las pizzerías. A no ser por la Torre de Alexanderplatz, empeñada en iluminarlo todo, y los hombrecitos raros en las luces de los semáforos peatonales, era como estar en Buenos Aires con un poco más de frío. 

Camino a la casa cuando salimos del subte, Alice parecía dar zancadas en lugar de pasos, no sé si de tan alta o de tanto frío que hacía. Yo la seguía detrás corriendo como una nena, pero una nena alicorada. A un par de cuadras de su calle, se detuvo y me señaló un edificio. 

Ahí vive. ¿Quién?, pregunté. Mi ex, ahí vive. Me contó que después de la separación y por casualidad él se había mudado allí, y que ahora ella pasaba rápido para no cruzárselo. 

El hombrecito raro del semáforo se puso verde, Alice no se movió. Mientras esperábamos que la luz cambiara de nuevo, me dijo que se llamaba Ampelmännchen, ese, el de la luz peatonal. Ah, dije, mi ex se llama Paola. No nos íbamos a casar, le dije, para no hacerla sentir como si yo supiera por lo que ella estaba pasando, pero sí nos quisimos mucho.  

Cuando entramos al departamento, Jan saltó de la cocina como un perro con rabia, yo me quedé inmóvil en la puerta. Alice no dijo nada, él no paraba de gritar y de mover los brazos. Alice sacó unos billetes de su cartera y se los tiró en el suelo; algunas servilletas dobladas cayeron también. Yo estaba atrapada entre la puerta y las bolsas de reciclaje sin poder entender nada. Los ojos de Jan saltaban desenfrenados, la agarró por un brazo y la acerco para murmurarle algo, Alice se soltó con fuerza, todavía sin decir una palabra, era como si se le hubiese olvidado hablar alemán, estábamos las dos mudas.  

Alice entró rápidamente a su habitación. Yo no sabía si Jan me había visto, pero por las dudas esperé a que recogiera el dinero del piso, vi que dejó las servilletas. Le gritó algo al aire y desapareció por el pasillo del departamento.  

Entré a la habitación de Alice y la vi sentada en la cama con el vestido negro que ahora funcionaba de camisón. Siento mucho que hayas tenido que presenciar eso, me dijo. Yo le pregunté si estaba bien, apenas asintió con la cabeza.  

Pareciera que hace mucho no lo veo, dijo Alice. ¿A quién?, pregunté, ¿a Jan? No, no, a mi ex, me respondió. Me confesó que todos los días ansiaba cruzárselo, aunque fuese con la excusa de esperar la luz del semáforo. A veces el Ampelmännchen daba hasta tres vueltas en verde, y él no aparecía. 

Nos íbamos a casar, y ahora no quiere ni verme, murmuró Alice. El delineador negro empezó a corrérsele por el rostro, como si el lápiz de Paola se hubiese enterrado en sus ojos una y otra vez, como cuando las agujas no encuentran las venas de los brazos.  

Era un llanto de esos que vienen con ruido y movimiento de hombros, como con una especie de tos ininterrumpida y sin idioma. Recordé la última vez que lloré así, cuando vi la foto de Paola en Facebook. Iba con otra chica en las Bicis de la ciudad, y por el paisaje parecía que estaban en la Reserva Ecológica, debajo de la foto ponía #Inlove. Yo nunca aprendí a andar en bici. 

El llanto de Alice fue amainando, como lo hacen las tormentas; mientras, yo me había quedado apoyada en la puerta pensando en Paola. No supe qué más hacer, así que abrí la caja de alfajores y le acerqué uno. Alice lo tomó y fue pelando el papel de a poco, el azúcar impalpable le llenó el vestido negro y el dulce de leche le rebasó las comisuras de la boca. Yo me senté con ella en el colchón pelado y nos comimos todo, llenas de azúcar refinada, de delineador corrido y de lágrimas sin idioma.

 


Sara Jiménez MolinaVenezolana viviendo en Argentina. Ingeniera y Escritora. Feminista. Libre. Desde joven escribe relatos, poesía y recientemente guión. Se ha formado en talleres de escritura creativa con los escritores: Jesús Nieves Montero, Mónica Pano y Jada Sirkin. Participó con un relato en el primer número de la revista de Arte Bluebee (Bluebee, 2019) y de las Antologías: 20 uvas (Internacional Microcuentista, 2015), Microrelatos con Conciencia Social (Macedonia, 2016), Como las arañas (Peces de Ciudad, 2017). Publicó el poema Autodestrucción; en la revista Blasfemia (México, 2007). Formó parte de proyectos de Co- creación literaria: grupo de investigación y creación audiovisual TRAMA, participa en Ingeniería sin Fronteras y Módulo Sanitario en proyectos sociales con enfoque de derechos humanos. Desde su profesión y vocación su interés es el
 de habilitar, juntar esfuerzos, almas y manos para engendrar entre todos nuevas formas de vivir.

 

Portada: Flo Karr


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Angie Pagnotta-Depersia Ver todo

Co-Fundadora & Directora
Periodista, Escritora y Editora.
Contacto: angie.pagnotta@somos.berlin

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