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DANZA ~ Camila Araya: «Berlín fue amor a segunda vista»

En esta nueva nota de SOMOS BERLÍN PRESENTA te presentamos a Camila Araya, bailarina chilena, formada en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y en el Berlin Dance Institute.

Camila Araya

¿Cómo describirías tu pasión por la danza?

Es difícil de describir y creo que por eso bailo, porque no sé describir mi vida sin bailar. Es a través de la danza que exploro cada día el mundo, mis emociones, mis vivencias, mis relaciones. Es extraño… pero es como si cada ser, cada hoja de los árboles me impulsara… movilizándome… y creo que la danza es eso… movimiento continuo, incluso en la pausa hay movimiento, diría mi querida coreógrafa Beatriz Alcalde.

Todo puede y debiese ser una fuente de inspiración. Independiente de la técnica dancística que se practique es algo que siempre me he preguntado: ¿por qué bailar?¿Qué persigo?¿Qué busco? La verdad es que no lo tengo del todo claro, es un impulso misterioso, abstracto podría decir. Es una pista y eso me gusta, porque en ese momento se conecta todo, todos los cabos sueltos se unen en ese único deseo que es el movimiento continuo y todo torna sentido, incluso el existir. ¿Y no es la respiración eso? Movimiento continuo, con su ritmo incluido. Bailo porque necesito desplazarme y me gustaría que todos tuviesen esa experiencia, la experiencia de ser conscientes de sus ritmos, de sus minúsculas pero importantes acciones, y cómo es que -increíblemente- pueden nutrir nuestra vida al hacerlos conscientes.

En tu sitio web mencionas que, desde pequeña, la danza ha sido tu motor en la vida, ¿de qué modo recuerdas el nacimiento de tu interés por esta disciplina?

Creo que mi padre es el gran culpable. Él es músico de corazón, con lo que eso implica. La vida te obliga a elegir el “camino estable”, hacer algo para mantener a la familia, pero son impulsos y deseos que nunca se dejan. Lo recuerdo cantando todos los días, tocando la guitarra, y despertar todos los fines de semana con música.

Junto a mi hermano menor nos encantaba adormecernos así, escuchando música orquestada a todo volumen. Luego de eso indudablemente yo cantaba por todos los rincones y esa vibración interior se convirtió, luego, en danza.

Con mi primo, pasábamos las vacaciones creando obras de teatro, coreografías y canciones. Era algo natural: estábamos más vivos que nunca. Un día vi por televisión un extracto del Cascanueces y la danza se convirtió en una elección inevitable.

Entre 2007 y 2012 te instruiste en técnica de Ballet, en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC), ¿qué pudieras contarnos sobre tus años de formación?

Sí, durante ese periodo estudié la carrera de danza en la UAHC, pero más que en el ballet me instruí en la danza contemporánea, lo cual fue toda una revolución para mí.

Mis estudios de ballet comenzaron a eso de los 11 años, en humildes escuelas, escuelas que casi no tienen piso y que cuando tocas la barra tus manos quedan impregnadas de olor a metal y, desde entonces, para mí la única danza posible y real, “la seria” o la que vale la pena estudiar, era el ballet y llegar a ser una bailarina clásica, por eso digo que la danza contemporánea llegó a mi vida ¡a revolucionarlo todo!

En ese contexto y por primera vez, tomaba una clase con percusión en vivo. Todo estaba lleno de colores, todo era fiesta, exuberancia, sabores, y es que esta escuela lo tenía todo. Amor, mucha pasión, todo era arte, todo eran recuerdos, todo era memoria, las vivencias de Patricio Bunster y Víctor Jara inundaban el lugar; todo era madera y olor a comida recién preparada. ¿Cómo no enamorarse de un lugar así, donde se te permite ser tan libre? Pero claro, cuando tienes 17 años toda esa libertad también es como un vacío infinito, o sería tal vez que yo venía adoctrinada bajo el mundo del ballet y por eso se me hizo, por momentos, un tanto difícil entender que solo debía disfrutar, que la técnica viene de la mano de las emociones, si no todo queda vacío.

Agradezco profundamente mis años ahí, con profesores excelentes, meticulosos y apasionados, dentro de los que destaco a Raymond Hilbert, Yasna Vergara y Carolina Bravo. La técnica Leeder, por sobre todo, con su profundización en la coreútica y la eukinética -dos palabras que en ese entonces me parecían chino mandarín- abrieron un mundo de posibilidades a la forma y las texturas en las que mi cuerpo solía moverse. En definitiva, me nutrieron, la profundización en el uso del espacio y las energías llegaron a ampliar mi vocabulario corporal.

Te desempeñas como intérprete y pedagoga de Danza, ¿qué diferencias y similitudes encuentras al desenvolverte en estos roles?

Indudablemente amo ambos roles, y no podría elegir uno sin el otro. Creo que se alimentan mútuamente.

Todo partió con el deseo de ser intérprete en danza, pero luego descubrí la pedagogía y el solo hecho de tener que planear, analizar y observar a cada estudiante, ver cuáles son sus necesidades, sus motivaciones, sus fortalezas y debilidades, te hace replantearte también como intérprete, volver a recordar como es que yo aprendí, que es lo que me cuesta y cómo he ido sorteando esos obstáculos. Es un trabajo bidireccional: ellos aprenden y yo reaprendo.

Por otra parte, cuando estás en el rol de intérprete, tomando una clase o siguiendo las indicaciones de un coreógrafo sabes lo difícil que es estar ahí a cargo de un grupo que te está juzgando, y ello me ha ayudado a ser más empática, porque si ya es difícil comunicarse con palabras, imagínate lo difícil que puede ser para un coreógrafo tratar de entregarle a un bailarín lo que está dentro de su cabeza. ¡Es un rollo! Pero bueno, eso es lo entretenido de ésto también: la reflexión continua, la creación, la interpretación. Tu creatividad se pone a trabajar a mil.

Has formado parte de compañías de teatro y Danza independientes, ¿puedes mencionar alguna participación en especial? y, en tal caso, ¿por qué quisieras destacarla?

Me gustaría destacar a dos: primero a la compañía de teatro filosófica La Reflexiva, a cargo de Augusto Astudillo, ya que durante todo el intermitente pero extenso tiempo que estuve con ellos -7 años- siempre me pareció maravillosa la posibilidad de llegar a tantos jóvenes a través del debate y el teatro, compartiendo en torno a temáticas contingentes, por sobre todo con respecto a temáticas de género, lo que se hizo parte de mi vida, incluso posibilitando reconstruirme y cuestionar mi rol de mujer en esta sociedad.

Y, en segundo lugar, pero con aún más fervor, me gustaría destacar a la compañía de Danza Experimental I.D.E.a, de la que fui parte durante seis bellos años. Un grupo poderoso de mujeres con un carácter de temer. Cada una maravillosa y diversa, partícipes de un mundo hasta entonces totalmente desconocido para mí. Y es que su directora, Beatriz Alcalde, es realmente un prodigio, aunque a ella no le gusta que la califiquen así. ¡Que mujer más apasionada, más intensa, más llena de vida! Ella me despertó, me enseñó a no tener miedo a sentirlo todo, a bailarlo todo, a devorarlo, saborear y oler todo.

Quizá ni siquiera es consciente de todo lo que la quiero y agradezco, ya que, más allá de sacarle el mayor potencial a mi técnica, despertó esas ganas de conocer el mundo con las que nacemos todos y luego perdemos. De bailar para, en y en el mundo. Y claro está que todas las obras de las que fui parte, entre las que destaco TUL textura, y Hay que caminar soñando, fueron una experiencia única. Su visión de la danza y la coreografía, de una u otra forma, ha derribado barreras. La sutileza y el diseño escénico que consigue es mágico, es poesía.

Por otra parte, desde hace poco estás viviendo en Berlín, ¿cómo te va tratando la ciudad? ¿Qué puedes decir sobre tus pasos aquí?

Podría decir que con Berlín fue amor a segunda vista. Por ende, de esos amores que los piensas y te das cuenta de que realmente valen la pena.

La ciudad me enamoró por toda su historia, y no hablo de historia como algo muerto o que está en los libros, sino porque realmente puedes revivirla en cada rincón. De por sí, el solo hecho de que tengamos pedacitos de muro por doquier es movilizador.

¡Aquí se puede hacer de todo! ¡Todo está permitido, y realmente todo el mundo está aquí! Es un pañuelo, pero no de esos con los que se secan las lágrimas, sino que esos con los que se baila cueca y se agitan harto. Así ha sido Berlín para mí: un mar de posibilidades.

Nos gustaría que nos compartas tus actividades actuales, ¿estás ejerciendo la docencia? ¿Eres parte de alguna compañía en la ciudad?

De hecho, llegué a Berlín porque decidí volver a retomar mis estudios como bailarina en danza contemporánea. Siempre quise estudiar en Europa, y bueno, esta ciudad me abrió las puertas. El Berlin Dance Institute, se ha vuelto mi segunda casa. Allí paso casi todo el día. En mi primer invierno aquí literalmente no vi la luz del sol. Ha sido maravilloso poder darme el lujo de volver a ser estudiante, de recuestionar tu quehacer artístico.

No ha sido fácil, claro está: volver a estudiar danza cuando tienes 30 años y tus compañeros 17 ¡es fuerte! Volver a ser estudiante cuando ya eres profesora es un desafío al ego. Te lo cuestionas todo. Pero me gusta desafiarme en todo ámbito. Es increíble todo lo que he aprendido, en cuanto a la exploración en nuevas técnicas dancísticas, en mi práctica como bailarina, tanto en como a la experiencia misma, incluido el estudio de un idioma tan ajeno a nosotros como lo es el alemán. Aquí estoy, creando lazos, tejiendo redes, bailando y creando. Increíblemente -dentro de toda esta vorágine que ha sido el COVID-19- nació la posibilidad de retomar mi práctica como docente a través de clases online con mis exestudiantes chilenas y nuevas chicas que se han sumado desde Berlín. Así que, además de estar estudiando, invito a todos quienes quieran explorar y tomar clases de ballet, danza contemporánea y acondicionamiento corporal, se unan a mi cuenta de Instagram @elpatiodelasartes para que obtengan más información al respecto.

A propósito de tu estadía en Berlín, ¿qué lugares te gusta frecuentar y explorar?

No cuento con mucho tiempo libre, pero realmente amo el distrito donde vivo: Spandau es encantador, con sus callecitas empedradas, sus edificios de colores, muy al antiguo estilo alemán, y el hermoso río Havel, siempre transitado por embarcaciones y kayakistas, es realmente una postal. Por lo mismo, otros lugares que también me encantan son los lagos de Berlín, y es que eso es lo magnífico de esta ciudad, durante el día te pierdes en un bosque, y por la noche te vas de fiesta al Raw tempel, donde puedes escalar muros mientras te tomas unas cervezas. O ir a un karaoke estilo japonés, donde tienes una caseta independiente para ti y tus amigos. ¡Aquí lo que pidas, encuentras!

¿Proyectos a futuro?

Ambiciosamente hablando, me gustaría abrir una escuela de danza contemporánea en la ciudad. Por lo pronto, cuando acaben las restricciones por la pandemia, comenzaré a dar clases presenciales de ballet y danza contemporánea para principiantes. También -en conjunto con mis compañeros del BDI- estamos trabajando en el out-rich Project, donde llevaremos una pieza dancística de nuestra autoría a diferentes escuelas de Berlín, abordando como temática el cambio climático, todo ello con el afán de seguir contribuyendo a difundir la danza contemporánea en nuestra sociedad. Ya estamos trabajando en un proyecto audiovisual que nos permitirá difundir esta experiencia y de la que pronto les podré dar noticias.

Y bueno, audiciones por mil, ser parte de una compañía de danza en la ciudad es también una de mis motivaciones, sumado al trabajo en proyectos audiovisuales y fotográficos ligados a la danza. De hecho, Ya hay algunos proyectos en mente con fotógrafos y artistas audiovisuales, por ende, este también es un área en el que me gusta siempre mantener una puerta abierta.

Lo mejor de esta ciudad, como dije anteriormente, es que la creatividad vuela libre, así que las colaboraciones con otros artistas e interdisciplinarias son siempre una oportunidad. Me interesa mucho el mundo del circo también. Como se dice, soy materia dispuesta.

 

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Fotos:

Andrés Romero

Anahi Lopez


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