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FICCIÓN ~ La frazada, por Marcelo Motta

Por Marcelo Motta

Era una frazada gastada y vieja. Había pertenecido a su bisabuelo, el coronel Von Humboldt. Cuando la recibió, a la muerte de su abuelo, Ariel estuvo a punto de desecharla por antigua, pero Elsa le dijo que no la tirara, que le serviría para el bebé.

De tela gruesa y tramas varias, siempre en el mismo tono púrpura. Aquel color que tanto le gustaba al coronel. Él decía que esa frazada le recordaba el campo de batalla, cubierto con el púrpura de la sangre de los héroes.

Elsa la extendió sobre la cama de Mateo. Era el primer año que Mateo dormía en una cama. Antes lo había hecho en su cuna. Ya tenía cuatro años, pero para ellos, Mateo seguía siendo “el bebé”.

Esa misma noche, Ariel tardó en dormirse. De vez en cuando abría los ojos en la oscuridad, inquietado por algo que no entendía muy bien qué era. Recordaba lo que su abuelo le contó acerca de su padre: el coronel Von Humboldt había apaleado a varios indios en la campaña del desierto. Luego se tomaba daguerrotipos parado junto a su botín de caza.

El abuelo contaba que su padre le decía que en aquellas incursiones a las chozas era costumbre de los soldados saquear después de la matanza. La frazada provenía de uno de esos saqueos.

Ariel se rindió al sueño profundo, y sangrientas batallas y cuerpos sin cabeza se adueñaron de sus pesadillas: el preludio de espantosas visiones nocturnas…

… gritos, llantos infantiles, cuchillos hundidos en la carne. Olor a sangre fresca. El campo interminable, cubierto por indios masacrados, desmembrados. Un campo que se fundía y confundía con el tramado de la frazada, un diminuto campo de batalla sobre la cama infantil. Luego, los ojos desencajados de Mateo. La cara se tornaba azul. Azul como la pintura de los indios. ¿O no era eso? No sabía. Mateo no podía respirar. Le costaba respirar. ¿O tampoco era eso? Ahora lo veía en un bosque, perseguido por soldados. Mateo vio a uno de ellos tan cerca que pudo percibir su aliento a caña. El soldado se transformaba, y ya no era un soldado, sino una serpiente. Una boa constrictor. La boa se acercó y envolvió al niño, sin que él pudiera moverse siquiera. Aquellos gritos aborígenes se convirtieron en el grito de Mateo. Un grito ahogado por la asfixia.

Ariel despertó con el corazón a mil. Miró el reloj: las cinco de la mañana. Fue al baño y se enjuagó la cara. Después miró por la puerta entreabierta. Mateo dormía en silencio. Volvió a acostarse.

Los despertó la luz que entraba por la ventana. Elsa se desperezó y le dio un beso a su marido. Cuando llegó a la habitación del niño, lanzó un grito.

Un grito desesperado. Vio a su hijo en la cama, la cara azul, los labios morados, casi negros. Ariel, entre lágrimas, lo tocó. Parecía momificado. Al correr la frazada, lo encontró en posición fetal. La frazada cayó al piso. Luego, como un ente vital, se movió y volvió a extenderse sobre la cama, cubriendo a ese cuerpo seco. Envolviéndolo, como una madre protegiendo a su bebé.

 

Marcelo Motta: (Quilmes, Buenos Aires Argentina). Es profesor de Castellano, Literatura y Latín. Autor de 13 cuentos oscuros, Liposo, una épica del futuro, Otros 13 cuentos oscuros, y del poemario Vértigos. En 2013 realizó lectura de cuentos oscuros en Argentina, Italia y España. La revista Animamediática Internacional publicó dos de sus cuentos oscuros en versión castellana e italiana. Participó en la Mesa Redonda La Creatividad y sus contrarios, convocado por la revista Animamediática Internacional. Este año la revista eñe de Madrid publicó su cuento de terror El muñeco, y el sitio Leemur app le publicó su historia chat de terror Puedo leer tu mente. El árbol de los gatos es su primera novela.

 


Portada: Stefano Pollio


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